21 abril 2016

Toro










Titulo: Toro
Director: Kike Maíllo
País: España
Actores: Mario Casas, Luis Tosar, José Sacristán, Ingrid García Jonsson, Claudia Vega, Nya de la Rubia, Ignacio Herráez, José Manuel Poga, Manuel Salas
Año: 2016
Duración: ____'
Crítico ColaboradorDavid Hidalgo

 Valoración:





El thriller español está pasando por una etapa dorada desde hace muchos años. Y es que, en menos de una década, hemos recibido en nuestras carteleras películas tan logradas y exitosas como Celda 211, Los Ojos de Julia, El Cuerpo, Buried (Enterrado), No habrá paz para los malvados, Mientras duermes, Hijo de Caín, El Desconocido o La Isla Mínima, entre muchas otras. Lo que estas obras tienen en común es que, ante todo, son obras con una cinematografía muy cuidada, una notable atención por el detalle por parte de sus autores, un trabajo actoral muy destacable y, finalmente pero no menos importante, un tratamiento visual y narrativo mucho más cercanos al cine extranjero que a la sensibilidad patria.

Personalmente, mis expectativas eran altas hacia lo nuevo del cineasta barcelonés Kike Maíllo. Pese a que ese branded content nada encubierto que fue el mediometraje Tú y yo (2014) me desagradó profundamente, principalmente por ser un videoclip de una hora a mayor gloria de David Bisbal, su opera prima Eva (2011) es un film interesante, visualmente logrado (especialmente en todo lo relativo a la cinematografía y a un exquisito trabajo de posproducción) y con ideas resaltables. Además, las primeras noticias que se filtraron sobre Toro (2016), así como los primeros trailers y avances, resultaban prometedores.

Así pues, ¿ha satisfecho mis expectativas el segundo largometraje de Maíllo? Sí y no.

Pero comencemos por lo básico: el argumento. En este caso, se trata de una trama sencilla de comprender y de seguir: Toro (Mario Casas) es un sicario que trabaja para el peligroso Romano (José Sacristán) junto a sus dos hermanos, entre ellos el truhán López (Luis Tosar). Toro quiere dejar el negocio, pero acaba con sus huesos en la cárcel. Cinco años después, una serie de acontecimientos ponen en peligro a López y a su hija Diana (Claudia Vega), cosa que trastoca la reinserción de Toro y su pacífica vida con su novia (Ingrid García Jonsson). A partir de ahí, comienza un trepidante juego del gato y el ratón entre el malvado Romano y Toro y López.

Todo esto es un esquema de lo más clásico, mil veces visto en anteriores thrillers de acción de todas las procedencias. En ese sentido, cumple y da lo que promete: una cinta de intrigas, traiciones y persecuciones de lo más formulaica. No obstante, quien quiera algo más que esto quedará, en mi opinión, decepcionado. Y es que más allá de una primera escena brillante, que capta la atención del espectador inmediatamente, y de un prólogo logrado a nivel de puesta en escena, interacción entre personajes y presentación de un conflicto, la película cae en territorio conocido. Eso sí, después de una secuencia de títulos de créditos que, aunque muy lograda y vistosa, resulta irrelevante e incluso chirría en el conjunto del film. Parece un añadido, un parche más apropiado para una serie de televisión que para un largometraje cinematográfico.


Kike Maíllo hace cuanto puede por dar enjundia a un libreto que apuesta jugando sobre seguro, potenciando una serie de elementos interesantes que la historia contiene. El primero y más obvio de todos es que, ante todo, más que una historia de dos hermanos reconciliándose y conociéndose mejor en medio de un baño de sangre, y más que una típica y tópica historia de vendetta personal, es una tragedia griega en el más amplio de los sentidos. A fin de cuentas, todos los elementos correspondientes a este género narrativo pueden encontrarse en esta película: el oráculo, el personaje villanesco que intenta burlar a su destino, profecías autocumplidas, relaciones familiares de lo más tormentosas, un pasado que regresa para atormentar y redimir al personaje protagonista…

Este enfoque creativo, así como el peso que tiene la cultura sevillana en el look and feel de la película, acaba siendo la tabla de salvación de lo que podría haber acabado convirtiéndose en un film de lo más mundano. Además, Maíllo acierta con el tempo de la trama: Toro dura poco más de una hora y media, un metraje adecuado que se agradece, ya que de haber sido más larga hubiera resultado pesada. Esto permite al director imprimir un pulso firme, así como lograr que el ritmo narrativo y el interés del espectador no decaigan en prácticamente ningún momento, pese a las numerosas licencias creativas que se toma el guión y que ponen en más de una ocasión la credibilidad de la trama.

En cuanto al reparto, esta película pertenece, sin lugar a dudas, a Tosar y a Sacristán. Mientras que Tosar saca petróleo de un personaje que, en manos de otro intérprete, hubiera resultado repulsivo, Sacristán se deleita en toda la maldad del villano de la función. Ambos se comen con patatas al protagonista, un Mario Casas que se limita a cumplir con un aprobado raspado. Casas es un intérprete que ha demostrado, a lo largo de su trayectoria, capacidad de evolución interpretativa, así como un buen ojo a la hora de elegir roles y, sobre todo, muchas ganas y esfuerzo. Precisamente por eso, y especialmente después de su implicación demostrada en Palmeras en la nieve (2015), sorprende verle tan desganado en un personaje tan atormentado como es el de Toro. Así pues, desperdicia la mayor parte de sus momentos emotivos, manteniéndose en un molesto piloto automático que resta verdad y carisma a su personaje.

Por otro lado, hay ocasionales secundarios que brillan, como el sicario Ginés (José Manuel Poga) o la vidente La Tita (Luichi Macías), mientras que otros resultan algo deslucidos, no tanto por sus intérpretes sino por el escaso peso que tienen en el desarrollo de la trama. Tal es el caso de dos personajes femeninos, como son Estrella (la novia de Toro) o Isabelita (Nya de la Rubia, a quien hemos visto recientemente en Mar de Plástico). Huelga decir que Diana es un personaje muy interesante, pero algo desperdiciado en última instancia, tanto por el hecho de que la película no parece saber muy bien cómo encajarla en la trama en alguna que otra escena, como por el hecho de que la joven actriz Claudia Vega la interpreta de una manera demasiado pasiva a mi parecer, incluso diríase que falta de pasión.

Y en lo referente al apartado técnico, Toro da dos de cal y una de arena. Para que nos entendamos: mientras que la dirección de Maíllo es competente la mayor parte del tiempo, pierde bastante el norte en lo referente a escenas automovilísticas, destacando (negativamente) en ese aspecto una persecución rodada sin una buena planificación, con saltos de eje, un montaje algo confuso, decisiones muy extrañas en cuanto a encuadres utilizados, e incluso efectos un tanto casposos como acelerar la imagen para que parezca que los coches van más rápidamente. Este tipo de “fallos” denotan, o bien que el presupuesto fue tan ajustado o el rodaje tan accidentado que no tuvieron opción para rodar en mejores condiciones este tipo de set pieces, o bien que a Maíllo todavía le quedan unos cuantos proyectos para coger mayor soltura en lo que a dirección de acción se refiere.



No obstante, la dirección de fotografía de Arnau Valls Colomer es sencillamente ejemplar, con un tratamiento del color de lo más expresivo. Esta cinematografía aporta un mayor valor añadido al film, e incluso contribuye a mejorar determinadas escenas a nivel dramático. Además, el montaje, aunque no perfecto (especialmente en lo relativo a escenas más trepidantes), imprime al film de un ritmo sostenido y muy entretenido. Por otro lado, la banda sonora de Joe Crepúsculo no está carente de virtudes, pero acaba resultando pesada y un tanto repetitiva.

En conclusión, Toro es un pasatiempo de lo más correcto, bien ejecutado pero poco memorable. He echado muy en falta un mayor riesgo, una mayor ambición por aportar algo nuevo y distintivo al género al que pertenece. La nueva propuesta de Kike Maíllo es entretenida y competente, pero queda lastrada por un libreto al que le han faltado una o dos revisiones, así como por el afán de querer rodar un producto de consumo agradable pero que no deja una impronta perdurable. Aun así, es una buena opción para los/las amantes del cine de género español.

LO MEJOR: Luis Tosar disfrutando de su personaje como un condenado, y José Sacristán componiendo un villano ejemplar, intimidante y peculiar al mismo tiempo; la intachable dirección de fotografía; el tratamiento que Maíllo imprime a la película, entre la tragedia griega, el spaghetti western, el thriller setentero y la intriga coreana, todo esto sin perder de vista el folklore sevillano y toda la idiosincrasia que le rodea;


LO PEOR: La constante sensación de “Esta película ya la he visto mil veces” que desprende esta obra durante casi todo su metraje; el hecho de que entretiene y cumple, pero no destaca; que Mario Casas se pase la inmensa mayoría de sus escenas en piloto automático; ciertos errores en la planificación de Maíllo en las escenas de acción; y unas cuantas licencias que se toma el guión para salir de ciertos callejones sin salida.



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