06 diciembre 2014

Exodus



Director: Ridley Scott

País: EEUU

Actores: Christian Bale, Joel Edgerton, Aaron Paul, Sigourney Weaver, Emun Elliott, John Turturro, María Valverde, Anton Alexander, Indira Varma, Ben Mendelsohn, Golshifteh Farahani, Hiam Abbass, Kevork Malikyan, Andrew Tarbet, Aaron Neil, Anna Savva, Barrie Martin, Gerard Monaco, Ghassan Massoud

Año: 2014

Duración: 151'

Crítico: Harkness


Puntuación:


Llega a las carteleras el último largometraje de Ridley Scott, una nueva incursión por su parte en el género histórico-épico que tan buenos resultados le ha dado en el pasado (Gladiator) y no tan buenos (El reino de los cielos). En lo que parece un intento de volver a poner de moda las adaptaciones sobre historias de la Biblia, y ahí tenemos la reciente Noé de Darren Aronofsky, Scott contraataca con Exodus, el relato de la huida de Moisés y los israelitas de Egipto, que conoció su traslación más célebre a la gran pantalla de la mano de Cecil B. De Mille en los años 50, la por aquél entonces espectacular y megalómana Los diez mandamientos.

Bajo mi punto de vista, el resultado es medianamente aceptable, pero también me he encontrado con lo peor que me temía de un cineasta, a mi parecer, injustamente encumbrado como uno de los mejores de las últimas décadas (gracias, en gran medida, a Alien y Blade Runner, los dos principales tótems de su trayectoria como realizador), cuando su verdadero talento deja bastante que desear. Aquí tenemos un gran envoltorio en cuanto a la recreación de la época (un Egipto antiguo en todo su esplendor), a la labor de vestuario, de extras, y sobre todo, de creación de efectos digitales como los de la escena de la travesía por el mar Rojo, o los de las plagas (de largo, el mejor momento de toda la película, de una incomodidad y truculencia que llaman bastante la atención). Por lo demás, el contenido es muy justito; el guión es completamente esquemático, tópico y previsible. Por no decir que resulta ser una fotocopia del guión de Gladiator, con un protagonista aristocrático que cae en desgracia, enfrentado a quienes antaño fueron su aliados, amigos, familia, etc. al más puro estilo El conde de Montecristo.


Los personajes son lo que se espera de ellos, con unos conflictos y situaciones de un rutinario que asusta. Los dos protagonistas, Moisés y Ramsés, destacan por una caracterización que les asemeja, y no exagero lo más mínimo, a dos canis chungos de Vallecas, con una constante actitud violenta, chulesca y malcarada a lo largo de todo el metraje... juraría que no se les desvanece la expresión de estreñimiento de sus rostros en ningún momento. Christian Bale, de hecho, empieza siendo un malote envidioso de su hermanastro, más macarra que él y cubierto de oros, luego se convierte en un Pablo Iglesias que critica a la “casta” egipcia (los hebreos son ciudadanos de segunda clase), descubriendo su sangre gitanaca (con lo que te saca la navaja-espada que es un primor). Le da consejos, cual maestro Jedi, nada menos que Dios himself, bajo la apariencia de un niño más bien repelente y cabrón, quien le dice que queme cosas. En cuanto a Ramsés, el actor que le interpreta guarda un relativo parecido con ese infame personaje televisivo y ¿cantante? llamado John Cobra... como en la vida real.


Los demás se limitan a figurar (Ben Kingsley, Sigourney Weaver). María Valverde, directamente, supone un pegote que ralentiza con su participación el desarrollo de la historia. Por lo demás, mucha épica de garrafón, con muchas subidas de volumen para emocionar y crear esa épica blanda, de pega, en lugar de hacer que surga de dentro de los propios personajes, de sus hazañas y de sus acciones (justo lo que no consigue Scott). Al menos la banda sonora de Alberto Iglesias constituye un score potente, y se agradece. Por su parte, Scott le dedica la película a su difunto hermano Tony, un bonito gesto, aunque tiene su parte de coña que dicha película trate de dos hermanos que se quieren matar entre sí...

Por resumir, no es un desastre ni tampoco una película mala, no llega al preocupante extremo de mediocridad de Robin Hood, pero se echa en falta algo más, un mayor riesgo, ambición, por hacer de un relato tan unviersal algo realmente memorable, algo que trascienda el simple espectáculo hueco.






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