10 septiembre 2014

Ojalá Estuviera Aquí


Título: Ojalá Estuviera aquí
Título original: Wish I Was Here
Director: Zach Braff
País: USA
Actores: Zach Braff, Josh Gad, Kate Hudson, Jim Parsons, Joey King, Ashley Greene, Mandy Patinkin, Donald Faison, James Avery, Michael Weston, McKaley Miller, Pierce Gagnon, Phill Lewis, Reese Hartwig, Bob Clendenin

Año: 2014
Duración: 110'
Crítico: Serdna






Valoración:
 
El nombre de Zach Braff posiblemente no le dirá nada a nadie, pero este actor y director (más conocido por formar parte del elenco de la serie Scrubs) es quien está detrás de “Algo en común”, película de 2004, con Natalie Portman. Fue un éxito del cine independiente de la década pasada, recibiendo multitud de críticas elogiosas por parte de todos los medios. La etiqueta de “nueva promesa” no tardó en ser adjudicada al señor Braff, sin embargo, no ha vuelto a dirigir nada más hasta éste mismo año 2014. La impresión general tras ver Ojalá estuviera aquí es que la ¿esperada? continuación de su gran triunfo llega ya unos cuantos años tarde.



Ojalá estuviera aquí es la historia de un padre de familia cuyo mundo se tambalea debido a la enfermedad de un ser querido, lo cual le lleva a replantearse su existencia, es decir, su relación con sus hijos pequeños (estudiantes en un selecto colegio religioso), su hermano (un inadaptado social), su mujer (quien es acosada sexualmente en el trabajo) y finalmente, consigo mismo y con su propia vocación frustrada como actor.

Tal premisa puede parecer poco original y vista un millón de veces, dentro de este tipo de historias de autosuperación sobre la familia y las segundas oportunidades. Y en efecto, estamos ante una sucesión de tópicos constantes que no aportan la menor novedad. Pues si en su debut Braff pudo haber dado lugar a algo fresco y sorprendente, en su segundo largometraje el resultado es justo lo contrario. Si bien el comienzo augura lo que podría haber sido una comedia medianamente gamberra, no tarda en derivar hacia el sentimientalismo y la babosería más facilona. De hecho, no encuentro mucha diferencia entre esto y cualquier telefilme de sobremesa de los que le gustan a tu abuela. Las ganas de potar ante tanta cantidad de almíbal, desde luego son comparables.



Tengo la sensación de que el director ha querido hacer una película sobre sus propias neuras personales, y le ha salido un pastelón con toneladas de moralina “new age”, de filosofía de anuncio de Aquarius sobre perseguir tus sueños y disfrutar de las cosas pequeñas (y superficiales) de la vida. Una espiritualidad de consumo fácil, una pseudo-filosofía de vida cuyo principal reclamo es un optimismo del país de la piruleta, absurdo y sin motivo… irse de acampada al desierto para mirar las estrellas, conducir un cochazo, meterse de estrangis en piscinas, son tan sólo algunos de los clichés habituales de este rollo.

El protagonista es el típico treintañero frustrado, llorón y urbanita, que es la principal franja de población afectada por este síndrome de la espiritualidad de chichinabo, como lo es también el espectador medio al que probablemente va dirigido el asunto. Aunque estamos ante un título que no volvería a ver ni aunque me obligasen a punta de fusil (y del cual las dos horazas que dura se hacen interminables, con tanta postalita y tanta tontería), destacaría algunos aspectos positivos: básicamente, salen por ahí unos rabinos viejos y graciosos (debido a que la familia protagonista es judía) que se divierten mirando vídeos de Youtube y ahostiándose con un patín eléctrico por los pasillos de un hospital.



En defintiva, no creo que lo nuevo de este señor merezca la pena en absoluto, y mucho menos después de haber esperado tantos años desde su debut. Viendo una obra tan sumamente simplona, sensiblera y artificial como Ojalá estuviera aquí, está claro que a Zach Braff se le ha pasado el arroz. “Ojala estuviera aquí” el señor éste… para darle un par de collejas, se las merece por haber parido esta inmensa memez.






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