Nueva vida en Nueva York






Título: Nueva vida en Nueva York
Título original: Casse-tête chinois (Chinese Puzzle)
Director: Cédric Klapisch
País: Francia
Actores: Romain Duris, Audrey Tautou, Cécile De France, Kelly Reilly, Sandrine Holt, Flore Bonaventura, Jochen Hägele, Benoît Jacquot, Pablo Mugnier-Jacob, Margaux Mansart, Amin Djakliou, Clara Abbasi, Li Jun Li, Sharrieff Pugh, Peter McRobbie, Jason Kravits, Byron Jennings, Peter Hermann, Martine Demaret, Adrian Martinez
Año: 2013
Duración: 117'
Crítico Colaborador: Mary

Calificación:




Los nuevos cuarenta

Si Richard Linklater se dedica a supervisar la mella del paso del tiempo en una pareja, Cédric Klapisch repite la fórmula pero poniendo como estudio de su tesis a la amistad y la madurez.
Madurar, ¡Qué verbo tan complejo! Algo que parece lejano en la facultad pero sin que uno se dé cuenta, aparece repentinamente. Para afrontar mejor semejante deber están los amigos, esa continuación de la familia a los que se les confía todo o casi todo. Con los que se crece y se vive momentos inolvidables; uno tropieza, aprende y disfruta con ellos.

Una historia así pasada por el velo de la industria americana perdería color y personalidad. Quedaría en algo más políticamente correcto, aderezado con algún que otro chascarrillo. Pero los galos son más directos y se dejan de tantos miramientos. La simpleza tantas veces percibida en el celuloide made in Usa no existe en la presente cinta. Klapisch es más veraz en lo que a relaciones se refiere. Por eso hay tiranteces y percances alrededor de Xavier (Romain Duris).

El realizador plasmó la efervescencia de la juventud hace unos años cuando realizó la primera parte, Una casa de locos. Continuó con el relato del grupo ya entrados estos en la treintena con Las muñecas rusas. Ahora le toca mirar qué han hecho dentro de la etapa que se llama adulta.

Al igual que Céline y Jesse (todo amante de las trilogías indies debería saber quiénes son), este grupo viaja por el mundo. España –no podía ser otro lar- les acogía en la eufórica etapa del Erasmus. Después Londres y San Petersburgo eran testigo de sus andanzas, y finalmente la agitada Nueva York observa sus vidas ajetreadas, con sus penalidades y sus éxitos de joviales y atolondrados cuarentañeros. Ahora tienen hijos y trabajos; el protagonista se ha labrado una carrera como escritor y en sus novelas habla de las cosas de su alrededor -¡Nueva coincidencia con Linklater!-.

El humor se apoya en las situaciones que Xavier, francés como él solo, se las gasta en yanquilandia, o en cómo lidia con cada personaje que la gran ciudad le pone frente a sus narices, además de ironizar sobre las políticas de Estados Unidos.

Romain Duris ha sido el excursionista a seguir en estos doces años. Caradura, desgraciado, ilusionado, desquiciado, da igual, porque siempre se le quiere. El actor fetiche de Klapisch le sabe llenar de vida y dar un fondo intrínseco para que sea creíble. Una madura Audrey Tatou repite, y también Kelly Reilly siendo la esposa inglesa de Xavier; Cécile de France aparece nuevamente. Todos ellos cumplen con los enredos que el guion exige.


El discurso es rápido, no se adentra en amplias conversaciones amistosas y duraderas; su finalidad está en hacer el efecto humorístico que tantas veces se extrae del drama. Los contratiempos dan juego y el argumento se desquita de la temática sobre treintañeros que queman sus últimos cartuchos antes de sentar la cabeza. Ellos son más informales y juntos montan este puzzle sobre el progreso humano. Sin juzgar ni advertir, aquí no hay espacio para moralinas de ninguna índole.

El cine independiente apartado de las garras de Hollywood posee un encanto sin igual. Lo europeo carece de los conservantes que la potente industria casi siempre añade. Por eso en esta trama no hay amigos mentores ni meros compañeros con los que quedar para ver los partidos. Porque los colegas están para lo bueno, pero también para lo malo o lo gamberro: son confidentes, tapaderas e incluso amantes. Por algo no nos vienen establecidos.

El largometraje aprueba con nota por su desvergüenza y su soltura, y supone una opción más que original para una tarde dominguera, ya que deja mejor sabor de boca que una típica comedia.



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