Lo mejor, lo peor y meh... de 2018. Por Serdna.

 Cuando llega el momento de hacer balance del año, siempre le queda a uno la sensación de haber visto mucho menos de lo que le gustaría. Pese a eso, quien esto escribe se despide del 2018 con buen sabor de boca. A diferencia de otros años, en esta ocasión me resulta casi imposible elegir las tres mejores. 

Lo mejor

Me quedaría sin duda con la desquiciada Mandy, una de las películas más salvajes e inclasificables del año, con un Nicolas Cage más encocado aún que de costumbre, y a medio camino entre un surrealismo casi lyncheano y la serie B más gore y descerebrada. Añadiría también algunas apuestas de habla hispana, como la argentina El ángel, la historia nihilista y por momentos gamberra de un inquietante atracador de gatillo fácil, con referentes estéticos que van de Almodóvar a Scorsese, o la española Carmen y Lola, una clásica historia de amor con unas protagonistas poco habituales en el género, dos adolescentes gitanas. Una historia de empoderamiento femenino en un contexto absolutamente asfixiante en el año más feminista de la década. Aunque este año, si por algo se ha caracterizado, tanto en la realidad como en la ficción ha sido por los villanos. Y el mejor villano del 2018 no ha sido ni el titán demente y mathusiano Thanos, ni Bosonaro, ni Abascal, sino un siniestro individuo de marcado acento catalán dispuesto a aprovecharse de quien sea con tal de alimentar su retorcido ego. Y no, no estoy hablando tampoco de Quim Torra, sino de Jaume, el despreciable antagonista de Petra, la nueva película del inefable Jaime Rosales, que vuelve con una apuesta bastante clásica dentro de su filmografía, un oscuro drama contado en fragmentos, con ecos de tragedia griega. Tampoco puedo dejar de mencionar Un día más
con vida, adaptación del relato del periodista polaco Ryszard Kapuscinski sobre la cruentísima guerra de Angola, a medio camino entre el documental y la ficción, combinando los testimonios de personajes reales con una excelente animación, ha sido sin duda una de las sorpresas de año. Muy interesante ha sido también la polaca Cold war, una cinta bellísimamente rodada que narra una turbia y autodestructiva historia de amor entre dos personajes inmersos en su propia guerra fría, al mismo tiempo que teje un tapiz que se desarrolla en diversos frentes de la Europa de los años cincuenta. Y por último, cerraría lo mejor del año con El reverendo, el regreso del siempre oscuro Paul Schrader, en este caso con una historia absolutamente siniestra y desasosegante sobre el descenso a los infiernos (casi literal) de un atormentado pastor protestante. Schrader en plena forma: traumas, soledad y desesperanza marca de la casa.





Los premios de la Academia

Entre las nominadas a los Oscar, este año también ha habido propuestas más interesantes de lo habitual, aunque en mi caso, más de una ha acabo en cierta decepción, tal es el caso de Los archivos del Pentágono, La forma del agua o Call me by your name. Las dos primeras, obras muy dignas aunque muy convencionales de dos grandes directores. En el caso de la tercera, se trata de una película con un excelente guión y un muy buen reparto (aunque la elección de Arnie Hammer sigue pareciéndome algo extraña, quizá sea mayor para el papel de un joven de unos 25 años), pero que no termina de convencer por la errática labor de su director (por momentos muy sobria, por momentos casi videoclipera).
El año termina sin que me haya dado tiempo a ver su polémico remake de Suspiria. Sin embargo, entre las nominadas también ha habido grandes películas, entre las que destaca muy notablemente El hilo invisible, la nueva locura de Paul Thomas Anderson, entregándonos una historia clásica en la forma, pero perversa y enfermiza en el fondo, con un Daniel Day Lewis que una vez más no decepciona. Otra actriz que cumple de nuevo las expectativas es Frances McDormand en Tres anuncios en las afueras, una violenta historia de la América profunda con ecos de los hermanos Coen. Muy notables son también los relatos de la infancia y la adolescencia que, respectivamente, proponen The Florida Project y Lady Bird, especialmente destacable es la labor de dirección de la primera, recreando el sórdido y marginal ambiente de un motel del extrarradio desde el punto de vista de una niña, y en ambos casos destaca su prometedor reparto juvenil. 



El incombustible género superheroico

Un año más, la producciones protagonizadas por tipos en mallas se acumulan, contando en total seis películas, las tres ya habituales del Universo Cinematográfico de Marvel, tan sólo una de Fox, después del extraño retraso de Los nuevos mutantes, y otra más del Universo DC, el enfermo del género. Además de un spin-off de Venom y una aventura animada de Spider-man, producidas por Sony.

En el caso del UCM, este ha sido un año muy especial, por un lado porque cumple diez años de existencia, en segundo lugar por culminar (parcialmente, a falta de su conclusión) la trama que llevan años construyendo en torno a Thanos y sus gemas con Vengadores: Infinity war, uno de los eventos cinematográficos del año, que nos ha brindado a uno de los mejores villanos del UCM, y en el que hemos visto desaparecer (literalmente) a cerca de una decena de personajes de ficción (adiós, Spiderman, Pantera Negra, Loki o Star-Lord), en un año en el que también vimos hacerse polvo (figuradamente) a cerca de una decena de personajes reales (adiós, Cifuentes, Rajoy, Soraya, Cospedal o Susana Díaz). Y en tercer lugar, por haber logrado su primera nominación a Mejor película en los Globos de oro (y ya veremos si en los Oscar) con Black Panther. Lo cierto es que quizá las cualidades cinematográficas de esta cinta no parecen estar muy por encima de otras películas del Universo Marvel, lo cual apunta más bien a la ya tan habitual confusión entre méritos artísticos y un activismo mal entendido. Por último, después de tanto exceso dinástico y cósmico, también hemos podido ver una las películas más divertidas e intrascendentes del UCM como ha sido Ant-man y la Avispa.

Por parte de Fox, este año ha llegado la nueva entrega de Deadpool, que mejora con respecto a la original, con más medios y un tono más definido. Y en el caso de Warner, James Wan ha firmado posiblemente el blockbuster más disparatado y enloquecido del año, Aquaman, una película ingenua y autoconsciente, que es justamente lo que necesitaba el moribundo DCEU, menos solemnidad y más fiesta. Por último, de parte de Sony nos llega Spider-man, un nuevo universo, una cinta animada, una cinta que con su animación frenética y su humor metarreferencial consigue convertirse en una de las sorpresas del año.

Sin embargo, el 2018 se ha cerrado también con dos malas noticias para el género superheroico, el injusto y vergonzoso despido de James Gunn y la muerte del veterano y querido patriarca marvelita Stan Lee.


Sorpresas y regresos

Como todo año, ha habido películas cuyo estreno teníamos en mente desde el año anterior, por ser la nueva obra de un director consagrado o la nueva entrega de una franquicia de éxito, y otras que en cambio, procedentes de cine independiente, nos han sorprendido gratamente.

En el primer caso, están las citas ineludibles con cineastas como Spielberg, quien además de la ya comentada Los archivos del Pentágono, ha estrenado también la orgiásticamente nostálgica Ready player one, o Wes Anderson, que ha firmado este año uno de sus mejores trabajos con Isla de perros. También el poco prolífico Armando Ianucci, que ha regresado con una nueva sátira sobre el poder, en este caso al otro lado del desaparecido telón de acero con La muerte de Stalin, y el español Carlos Vermut, quien con Quién te cantará se confirma como uno de los cineastas más interesantes del panorama nacional. Menos satisfactorios han sido los regresos de  Spike Lee o Drew Godard, que han vuelto con dos películas a priori muy interesantes, aunque algo torpes en su ejecución.  Algo parecido podría decirse de Damian Chazelle, que si bien en su caso vuelve a hacer gala de su maestría tras la cámara, quizá su biopic de Neil Armstrong sepa a poco para lo que este director nos tiene acostumbrados. También nos ha llegado este año la nueva película del prometedor director de la interesantísima It follows, Lo que esconde Silver Lake, un thriller paranoico y posmoderno que es al mismo tiempo un homenaje a Hitchcock, una pesadilla surrealista y una crítica a la cultura de masas actual, protagonizada por el siempre estupendo Andrew Garfield. Por último, una película también muy esperada pero no por su director sino por su actor principal es Lucky, la última y póstuma cinta del mítico actor Harry Dean Stanton, que se despide por todo lo alto con un uno de los poquísimo papeles protagonistas de su dilatadísima carrera, con un melancólico personaje hecho a su medida.

En el caso de las franquicias, tenemos el enésimo regreso del incombustible agente Ethan Hunt en la nueva entrega de Misión imposible. Lo mismo de siempre, por supuesto, pero cada vez más grande y excesivo, y en esta ocasión, magníficamente dirigido por el ya habitual de Cruise, Christopher McQuarrie. También la saga Star Wars, y esta vez con una de sus entregas más flojas, un innecesario spin-off de Han Solo que ha sido uno de los grandes fracasos en taquilla del año. Por desgracia, y lo más triste de todo, por motivos ajenos a su creatividad, quien no ha vuelto en 2018 es Woody Allen, inmerso en un penoso escándalo más mediático que judicial.

Entre las sorpresas del año destaca Hereditary, una película que confirma una tendencia que viene observándose desde hace años y es que, si en la década pasada el soplo de aire fresco al género de terror vino del lejano Oriente, en la presente década viene del cine independiente, algo que hemos visto en los últimos años con títulos como Babadook, It follows o La bruja.  Lo mismo podría decirse de Indiana, una realista sobre dos parapsicólogos, más cercana al drama que al terror, que bien podría considerarse la versión realista y amarga de la saga Expediente Warren. Otras tres apuestas a medio camino entre el terror y la ciencia-ficción que también han sido muy interesantes son El infinitoUn lugar tranquilo y Aniquilación. Y también la inquietante Purasangre.   

Malamente: las pifias del año

A la hora de abordar lo peor del año, es justo diferenciar dos tipos de película. Por un lado, aquellas películas que, sin ser buenas, al menos sí tienen elementos interesantes y cineastas competentes detrás, que quizá en otras circunstancias y con mejor fortuna podrían haber hecho algo mejor; y por otro lado, la bazofia absoluta e infame.

Entre las primeras, destacaría Gorrión rojo, Viudas, El joven Karl Marx o Predator. La primera es una cinta de espías tópica y sensacionalista, con una dirección correcta pero con un trazo grueso insoportable e incompatible con la seriedad que se autoimpone. Algo muy parecido podría decirse de Viudas, una película con una duración desmesurada, lastrada por múltiples subtramas y que sin duda hubiera ganado bastante con un tono mucho más ligero, pues su solemnidad resulta casi paródica en una historia tan intrascendente e inverosímil. En el bicentenario del nacimiento del barbudo de Tréveris, nos llega una producción europea sobre la juventud del filósofo que, además de ser insoportablemente televisiva, tiene bastante poca chicha. Una pena tratándose de un personaje tan poco tratado por el cine. En el caso de Predator, se trata de una cinta comercial que lo tenía todo para ser una divertidísima resurrección de la franquicia, pero que fue tan horriblemente mutilada en la sala de montaje como las víctimas de los Depredadores. 

En el segunda caso encontramos Animales fantásticos: Los crímenes de Grindewald y Un pliegue en el tiempo. Y aquí hay que agarrarse porque vienen curvas. La primera de ellas es la segunda entrega de una saga cuya sola existencia es de por sí un misterio. Continúan las aventuras de un personaje que no llega ni a anecdótico en el universo Potter y que por arte de ¿magia? cuenta ahora con saga propia. Penosamente narrada, con saturación exagerada de personajes secundarios, cada uno con sus propias subtramas y flashbacks, parece la adaptación torpe de un libro inadapable, con la singularidad de que en realidad es un guión original. Muchísima paja para tan poco contenido, una historia con nulo interés, que parece más un capítulo interminable de una serie de televisión que una película. La segunda de ellas, Un pliegue en el tiempo, es una película infantil, pero ni por un momento ello es disculpa para el festival de horteradas visuales que rozan el delirio y filosofía de garrafón. Pretenciosa y ridícula, prácticamente no pasa nada, es una sucesión de escenarios que parecen sacados de un spot publicitario con unos personajes absolutamente repelentes. Bastante horrible todo.

 Y hasta aquí mi modesto resumen del 2018. Por supuesto, han sido muchas las que me he dejado por el camino, con títulos tan dispares como Suspiria, Lázaro feliz, Mary Shelley, Burning, Jurassic World 2, Campeones, El reino… Y que pronto se acumularán con un 2019 que ya sólo con la conclusión de Star Wars y de la saga Vengadores o el regreso de Shyamalan, Tarantino o Scorsese parece de lo más prometedor.  



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