03 marzo 2016

13 minutos para matar a Hitler








Titulo: 13 Minutos para matar a Hitler
Título original: Elser: Er hätte die Welt verändertDirector: Oliver Hirschbiegel
País: Alemania
Actores: Christian Friedel, Katharina Schüttler, Burghart Klaußner, Johann von Bülow, Felix Eitner, David Zimmerschied, Rüdiger Klink, Simon Licht, Cornelia Köndgen, Martin Maria Abram
Año: 2016
Duración: 110'
Crítico Colaborador: Horacio Applegate

Valoración:





La filmografía sobre Hitler y el nazismo es de tal amplitud que se convierte en prácticamente inabarcable, regalándonos algunas obras maestras y también buen número de infumables bodrios, tal y como corresponde a cualquier temática abordada con semejante profusión.

13 minutos para matar a Hitler no se encuadra ni en la casilla de las obras maestras ni en la de los bodrios, tratándose de una película estimable y de indudables méritos, pero que no aporta grandes novedades narrativas ni argumentales e inferior al anterior acercamiento de Oliver Hirschbiegel al tema, la espléndida El hundimiento.

Advertidos ya de la escasez de novedades reseñables, es de justicia señalar cierta vocación de estilo e interés por huir de fórmulas trilladas, algo plasmado en la manera de acercarnos una historia que, en lo sustancial, resulta sobradamente conocida.



Georg Elser, joven carpintero y músico aficionado de profundas convicciones religiosas y moderado interés por la política, es detenido como autor de un atentado acontecido en Múnich en 1939, que se cobró la vida de ocho personas y que tenía como finalidad acabar con Hitler y la cúpula dirigente nazi, objetivo fallido al acortarse la intervención del Führer en el mitin y abandonar el lugar antes de lo previsto (los 13 minutos a los que hace alusión el título en la versión española). Elser es sometido a brutales interrogatorios y torturas para arrancarle una confesión a la que inicialmente se resiste, pero a la que acaba sucumbiendo, pensando que esto pondrá término a sus padecimientos. La realidad es que estos no han hecho sino comenzar, ya que las autoridades se niegan a aceptar que un plan tan minucioso sea la obra solitaria de una persona con modesta formación y ajena a militancias partidistas fervorosas.

Aquí es donde la película evita transitar por territorios facilones, como podrían ser las menudencias del atentado y sus preparativos técnicos, apostando en cambio por mostrarnos la toma de conciencia de un joven con las preocupaciones inherentes a su edad y condición social (divertirse, flirtear con chicas e intentar labrarse un porvenir laboral, principalmente), recurriendo para ello a constantes flashbacks propiciados por los incisivos interrogatorios a los que le someten dos mandos policiales de personalidad antagónica: un oficial duro, pero predispuesto a dar por buena su versión de los hechos ante la ausencia de fisuras y un exaltado jefe de la Gestapo empeñado en lograr que Elser involucre a otras personas para así satisfacer los deseos de Berlín por convertir la aventura de un lobo solitario en una conspiración de mayor alcance.



Pasamos así a ser testigos del cambio de mentalidad producido en un muchacho que se mantiene al margen de las convulsiones políticas y sociales de su tiempo para posteriormente llegar a convertirse en un antinazi convencido de que el bienestar de la nación y sus sueños personales solo podrán alcanzarse eliminando al líder que ha sembrado en el país la semilla del totalitarismo y el odio. Este proceso de concienciación es paulatino y aparece entremezclado con pasajes cotidianos de su vida: sus actividades como artesano y músico, su complicada situación familiar con un padre alcoholizado y una madre distante en exceso, la detención y encarcelamiento de íntimos amigos por su oposición a la dictadura, sus amoríos con Elsa, una mujer casada con un maltratador afín a los nazis… Es esta última historia la que mayor peso adquiere, hasta llegar a ocupar la práctica centralidad del relato.



La película no alcanza las dos horas de duración, aunque podría haber sido aligerada de un cuarto de hora sin resentirse por ello. No creo que estemos ante una obra destinada a figurar en antologías o listados compilatorios de lo mejor del género, pero sí ante un film muy digno, magníficamente interpretado por Christian Friedel, bien arropado por una solvente batería de secundarios y con una lograda recreación de la vida rural en la Alemania de los años 30, lejos de los centros de poder y de la toma de decisiones. Virtudes más que suficientes para convertirla en una sugerente y recomendable propuesta que nos permite conocer un poco mejor una infame época en que gentes con el actual estatus de héroes eran considerados como delincuentes y villanos simplemente por el execrable delito de combatir la iniquidad y tiranía



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