El Hombre Araña (The amazing Spider-Man) 1977







Título: El hombre araña (AKA The amazing Spider-man)
Director: E.W. Swackhamer
País: USA
Actores: Nicholas Hammond (en el papel del imbécil con mallas), David White, Michael Pataki (no, no tiene nada que ver con la insigne actriz de nuestro cine patrio), Hilly Hicks, Lisa Eilbacher, Dick Balduzzi, Jeff Donnell, Robert Hastings, Barry Cutler, Ivor Francis y Thayer David
Año: 1977
Duración: 92'
Crítico colaborador: Gentleman

Calificación:




Han pasado ya varios meses desde que la última película de Spiderman se estrenara en los cines. Sorprendentemente, la peli gustó a todos, incluso a los que defendían la trilogía original de principios del año 2000. En mi descargo (y dicho con todo el respeto) tengo que decir que Spiderman me la bufa bastante y que, por muchas vueltas que le dé, creo que Batman se merienda a todos los integrantes de Marvel crudos y sin guisar, empezando por el Doctor Extraño y terminando por el indigesto Capitán América, héroe que ocupa el puesto número uno de mi lista de enemigos junto con José Manuel Soria, Telefónica y los creadores de "Cómo conocí a vuestra madre".

El caso es que todo el mundo se lió a hablar de las dos sagas: que si Marc Webb revolucionó la franquicia, que si Andrew Garfield tiene las uñas de los pies largas y amarillas... Y venga Tobey Maguire arriba y Tobey Maguire abajo. Y yo, que soy un moderno de poca monta y me gusta tragarme bodrios del tamaño de un obús del quince, voy y me entero de que esto de adaptar "Spiderman" a la gran pantalla ya venía desde muy lejos, teniendo su propio "live action" y todo. Pero todo tiene un principio y la serie de marras, como tantas otras, tuvo su inicio en una película... O algo parecido, porque la cinta que comentaremos hoy es para echarse a correr. En fin, un horror tan sólo comparable a los campos de exterminio nazis... Eso, o ver a Cristóbal Montoro vestido con un tutú rosa y pegando saltitos de un lado a otro. Vosotros decidís.


"Venga, Pepe... Ya puedes subirme".
Total, que era cuestión de tiempo que me animara a ver esta película (si la memoria no me falla, creo que me la tragué a finales de junio junto con el cianuro). Y si no he hablado de ella hasta hoy ha sido porque en el psiquiátrico no nos dejan tener ordenadores y los canallas de los enfermeros se llevan hasta el papel del baño. No estoy exagerando: entre otras cosas, esta peli te produce una depresión de caballo (casi tanto como la serie "Blossom"), aparte de inducir al suicidio y obligar al espectador a meter la cabeza dentro del horno. Preparad vuestra dosis diaria de calmantes y ansioliticos porque la vais a necesitar. Nada más os digo. Con todos vosotros... "The Amazing Spider-Man" (o el "Hombre Araña", que para el caso es lo mismo).


"No tan alto, joder... ¡No tan alto!"
La película empieza, como no podía ser de otra manera, con ese "Chunda Chunda" tan característico de esa época tan hortera y casposa como únicamente pudieron ser los 70. Es así como vemos a Spiderman (perdón, el Hombre Araña) arrastrarse (que no trepar) por planos inclinados y moviendo la cabeza de tal forma que cualquiera pensaría que acaba de perder la cartera y se está dejando el pellejo por encontrarla. En honor a la verdad, tengo que decir que me esperaba algo peor y que ya me veía la pantalla repleta de muñequitos sujetos por un cordel y dando tumbos delante de un croma (no tengáis prisa, para eso tendremos que esperar unos veinte minutos). Lo que no se salva ni de lejos es la música... Dios, la música es horrible y su sola mención ya nos obliga a abrirnos la cabeza a martillazos: "Chan-chan-chan-chan... Ta-ta-ta-chán... Chan-chan-chan..." Y así durante cinco interminables minutos... Aunque esto es una bendición comparado con el temazo de peli porno que sonará a lo largo del metraje y que nos retrotraerá a las estrambóticas hazañas sexuales de Afroman y Pornoman. Pero no adelantemos acontecimientos.

"¿Qué puñetas pinto en esta reseña?"
Terminado el suplicio de los créditos, vemos a un Peter Parker de baratijo en la redacción del periódico de J. Jameson. Contra todo pronóstico, los primeros quince minutos de película son bastante fieles al cómic (o al menos, a la popular serie de los 90 con la que crecí). Peter trabaja en un laboratorio investigando vaya usted a saber qué, pero el dinero no crece en los árboles y se ve obligado a costear sus estudios vendiendo fotografías (vamos, lo que está haciendo la mayoría de los universitarios gracias a las chapuzas de Wert). En esta ocasión, nuestro fotógrafo más dicharrachero le está comiendo la oreja a Jameson para que le compre unas fotos de un robo que acaba de producirse hace cinco minutos y que trae en jaque a toda la ciudad. Sin embargo, Jameson sabe que el fulano que tiene ante él es un muerto de hambre y que no tiene donde caerse muerto, de manera que lo despacha educadamente y lo manda a freír espárragos. Como el lector ya sabrá, todo esto es pura fachada, dado que el carácter del director se irá agriando hasta convertirle en ese encantador nazi bigotudo y fordiano que todos conocemos. De momento, el marcador es de uno a cero a favor de los guionistas.

Peter regresa a su laboratorio desilusionado y se pone a trabajar. En esas, la arañita que le concederá sus poderes se ha colado dentro de la urna con la que está experimentando, se pega un chute de radiación capaz de tumbar a un toro y sale corriendo. Peter se sienta para comerse el bocata de anchoas que le ha preparado su tía cuando de repente... ¡Pum! nota que algo le ha mordido la mano. En seguida empieza a sentirse mareado y decide irse a casa. Una vez en su buhardilla (todavía me pregunto cómo es posible que sus tíos no le dejen dormir en el piso de abajo), empieza a alucinar con arañas, fachadas de edificios y lucecitas de esas que uno ve cuando frecuenta malas compañías y toma de esas cosas que no tiene que tomar. Peter se despierta y toma la que será la decisión más importante de su vida: abre los postigos de la ventana y, en un delirio cromático digno de pasar a la Historia, empieza a trepar y a subirse por las paredes como si de una salamandra oligofrénica se tratase. En ese momento es cuando empieza a sonar esa musiquita de corte erótico que nos obligará a mandar a los niños a la cama por temor a que la chorra de Nacho Vidal aparezca por ahí. ¿Creéis que exagero? Pues echadle un vistazo a lo que sigue y luego hablamos.


¡Guau! ¡Qué cosa tan convincente! ¡Casi he olvidado que estoy viendo a un pésimo actor hacer el payaso delante de un croma!
A partir de aquí la película ya no tiene ninguna razón de ser y se convierte en una burrada detrás de otra. Peter decide emplear sus poderes para hacer el bien, pero es consciente de que ir por ahí haciendo el indio (y encima a cara descubierta) le puede meter en un lío. No obstante, Peter, aparte de ser un benefactor en potencia y un licenciado a punto de engrosar las listas del paro, es una modistilla de primera, de manera que no han pasado ni cinco minutos cuando ya le vemos disfrazado de héroe. Y chico, en serio, todavía no me explico cómo es posible que pueda ver a través de la máscara, dado que si las ranuras del antifaz no están hechas con papel de aluminio, poco les falta.

"No veo ni un carajo con esta mierda"
"¡Chuoss! Esta noche fijo que mojo".
Supongo que a estas alturas os estaréis preguntando quién el villano de la aventura. ¿El Duende Verde? ¿El Doctor Octopus? ¿Ángel Acebes? Pues no. Resulta que el malo es un gordinflas con pintas de telepredicador y más falso que el Director de Informativos de La 1 (de hecho, casi diría que es su hermano perdido). El tío se vale de unos cursos de superación personal (¿serán convalidables por Créditos de Libre Elección?) para lavarle el cerebro a la peña mediante complicadísimas técnicas de hipnosis (que incluyen una especie de chisme que lanza destellos de colorines). Una vez en su poder, los pobres desgraciados son "programados" para hacer todo tipo de maldades, desde asaltar bancos hasta votar por UPyD. Con tal cantidad de sicarios, el maloso puede pasar desapercibido y pegarse así la gran vida sin que nadie le mire mal. Pero el Hombre Araña (no confundir con el Capitán Araña, el héroe del refranero palmero), estará ahí para frustrar sus malévolos planes.

Los dos tienen una cara de mala gente que tira de espaldas. Ergo, tienen que ser hermanos.
Y es aquí donde llegamos al meollo del asunto. Resulta que una de las víctimas del malo es un tal profesor Tyler, un viejales resacoso que, después de asaltar el banco más grande de la ciudad, se estrella con su coche contra una farola. Estos "accidentes" son la piedra angular del diabólico plan del villano, puesto que sus esbirros aprovechan la confusión para hacerse con el botín y dejar que la víctima cargue con toda la culpa (si muere, pues tanto mejor). El caso es que el profesor tiene una hija que está para meterle de todo menos miedo, hacerle un "591" y convertirla en la reina de nuestro hogar. Y Peter, en su santa inconsciencia, terminará por enamorarse de ella.

"¡Me cago en el puto copago farmaceútico!"
El profesor consigue salvar la vida pero esto gusta muy poco al Anthony Blake fascista que, temeroso de ser descubierto, decide quitarlo de en medio. Gracias a la ayuda de unas insignias que riéte tú de las que regalan en Corea del Norte, el malo obliga al profesor a tirarse desde la planta más alta del hospital. Pero el Hombre Araña (en colaboración con el tío que maneja los cables de la grúa) llega a tiempo para evitarlo. ¡Está claro que estas cosas sólo pasan en un hospital público!

Confusión, desorientación crónica, cara de idiota, diarrea mental... A ver, dejad que lo adivine: ¡Un votante arrepentido del PP!

Mientras tanto, en su guarida, los malos babean de rabia y trazan el plan definitivo: si el alcalde no les paga una burrada de dinero en un plazo de no sé cuántos días, obligarán a otros diez desgraciados a correr la suerte del profesor Tyler. Peter, oliéndose la tostada, decide ir a una de las charlas de autoayuda del maloso, pero cae bajo la influencia de la hipnosis y se convierte en una de sus marionetas. Cuando suene tal señal, pondrá una cara de subnormal tan grande como la que veis más abajo. subirá a lo alto del Empire State y se arrojará al vacío. Hasta entonces, llevará una vida de lo más normal (vamos, la misma que la de un parado de larga duración).

"¡Mierda! ¡Otra vez he vuelto a dejarme la cinta del porno en el vídeo! ¡Mi tía me va a matar!"
Poco después de esta escena, Peter prueba en un parque el famoso cacharro que le permitirá disparar telarañas a diestro y siniestro. Si bien lo normal hubiera sido hacerlo en plena noche, el tío se dedica a colgarse de los árboles como un puto chimpancé (quizá sea porque su nivel mental está a la misma altura que la de estos bichos). Y mientras lo vemos columpiándose y saltando de un lado a otro como si no hubiera mañana, nos preguntamos cómo puñetas piensa escalar los edificios más altos de Nueva York si no es capaz de llegar a subirse a un árbol de poco más de un metro.

"¡Llame ahora y se llevará un bote de detergente líquido de regalo!"
"¡Por fin pude encontrarle otra utilidad a la seda dental!"
A partir de este momento es cuando Spiderman se muestra en todo su esplendor. Si pensábais que lo habíais visto todo con las secuencias del croma, es que no tenéis ni puta idea de lo mala que puede llegar a ser esta peli. Enfundado en su traje de dos cincuenta y ayudado por el ya famoso croma de cuatro duros, Peter se dedica a recorrerse la fachada del cuartel general del malo, ya sea violando las leyes de las tres dimensiones (si no, no se explica cómo es capaz de superar las cornisas sin mover ni un músculo), mirando de un lado a otro como al que le acaban de sacudir una colleja o moviéndose por planos inclinados al ritmo de música de Cine X. Aunque lo mejor viene cuando consigue meterse en el edificio. Y es que todavía no ha metido un pie dentro de la ventana cuando una tríada de ninjas narcolépticos se le tira encima.

Y cuando terminó la carrera, Peter Parker dijo: "¡Las leyes de la Física me la comen!"
"¿Pero dónde me habré dejado yo la cartera? ¡Ayudadme a encontrarla, cabrones!"
¡Spiderman está en peligro! ¡Rápido! ¡No hay tiempo que perder! Los sicarios, armados con unas espadas de madera, amenazan al héroe con arrearle una somanta de ostias monumental... Pero Spiderman todavía guarda más de un truco bajo la manga. Justo en el momento en que está a punto de recibir la primera lluvia de palos, una secuencia a cámara rápida digna del mejor episodio de Benny Hill nos muestra al enmascarado esquivando todos los golpes y anclándose del techo como una vulgar cucaracha... Todo esto acompañado por el "Chunda Chunda" de los créditos de inicio, por supuesto. Había que sacarle partido a la música por encima de todo.

Tras una pelea más descafeínada que el refresco de cola del "Mercadona", Peter consigue huir y llegar hasta la comisaría más próxima para contarle a la policía lo que está pasando. Pero al inspector todo se la trae al fresco y decide enviarlo por paquetería urgente a su casa. ¡Joder! Vaya un mierda de superhéroe, ¿no? ¡Nadie le toma en serio! ¿Se dan cuenta ahora de lo que decía al comienzo de la reseña? De estar en su misma situación, a Bruce Wayne se le reirían en la cara, sí, pero al menos lo llamarían "señor" y no habría tía que se le resistiera. Porque esa es otra: la hija del profesor Tyler, Judi, le trata como a un vulgar pagafantas y sólo se dirige a él para pedirle los deberes de matemáticas, la muy zorrona... En fin, nada nuevo bajo el sol.

"Oye, Peter... Que lo de ir a meternos mano esta tarde a tu casa como que no..."
En este punto la película se vuelve tan confusa que casi dan ganas de ponerse a beber lejía. Como nadie le hace ni puto caso, Spiderman regresa de nuevo a la casa del malo. Y otra vez tenemos que tragarnos los mismos planos del tío subiendo y bajando por la cornisa. El pobre vuelve a encontrarse con los ninjas y se ve obligado a huir por la azotea, pero el cacharro "lanzatelarañas" se le estropea y poco le falta para esmorrarse contra el suelo. Entonces le pide a un taxista que lo lleve a casa, pero el conductor pasa de él como de la mierda (¿Lo entienden ahora? A diferencia de este pedazo de imbécil venido a menos, Batman habría agarrado al taxista por las solapas de la chaqueta y lo habría zarandeado sin piedad, como tiene que ser). Nuestro héroe en mallas insiste en que lo lleven porque tiene a los villanos pisándole los talones, pero lo máximo que consigue es subirse a un camión de basura que pasaba por ahí. ¡Épico!

Aquí no está...
Ni aquí tampoco...
"¡Joder, en serio! ¡Ayudadme a buscarla, coño! ¡Que había veinte euros dentro! ¡Dejad de reíros, huevones!"
Pero en la siguiente escena descubrimos que en el cuartel general del maloso están que trinan. El gordinflas (al que a partir de ahora llamaremos Somoano, en homenaje a su homónimo de RTVE), tiene un cabreo de tres pares de cojones porque el ayuntamiento se ha pasado sus amenazas por el forro, de manera que activa a sus "células durmientes" para que se suiciden. Y los pobres Peter y Judi son dos de ellas. Cuando Peter llega por fin al Empire State, descubre que su fuerza de voluntad es mayor que los poderes del "Somoculos" y consigue librarse del trance hipnótico. Y otra vez le vemos yendo a la base del malo y pelearse con los chinos de las espadas. Peter, embutido ahora en su traje de Hombre Araña, descubre que el fulano se vale de una antena de transmisiones que aumentan los poderes de su máquina de hipnosis. El tío se las ingenia para cargársela y hacer que las victimas recuperen su voluntad (la misma Judi estaba a punto de arrojarse a las vías del metro). El gordo intenta poner en marcha el cacharro hipnótico, pero lo pone a tal potencia que al final se acaba idiotizando a sí mismo. Spiderman se aprovecha de la situación y lo "programa" de tal forma que pueda presentarse en comisaría y confesar que él es el culpable de todo.

La cara de tonto que se le quedará a Somoano el día que Cataluña se independice de España e Izquierda Unida gane las elecciones.
¡Y así lo hace! Somoano va a la cárcel, Jameson se sorprende cuando Peter le enseña una fotos de Spiderman en compañía de los ninjas (los cuales también parece que estaban bajo el influjo del pepero hipoglúcido), el comisario lo flipa en colores, Judi está más salida que una perra y Peter ya está buscando en las Páginas Amarillas la dirección del motel más cercano. Es entonces cuando comienza a escucharse de nuevo el "Chunda Chunda" del principio y yo me planteo qué estoy haciendo con mi vida. La película se termina con un plano de Peter y Judi cogidos de la mano y perdiéndose por una de esas avenidas tan largas que tiene Nueva York, mientra yo echo el almuerzo y parte de la cena. Y ya está. Fin.

CONCLUSIÓN:

¿Recordáis al "Batman" de Adam West? Bueno, pues comparado con esta película sigue siendo una putísima mierda (es cierto que me encanta Batman pero todo tiene un límite). Con todo, esta peli sigue siendo tan mala como un dolor de muelas. Y es cutre y aburrida hasta niveles asesinables. Por otro lado, hay que tener en cuenta que estamos ante una película de finales de los 70 y somos conscientes de que no podíamos pedirle mucho a los efectos especiales... ¡Pero por Dios...! Estamos hablando de una época en la que se estrenó la primera entrega de Superman, el James Bond de Roger Moore tan pronto iba al espacio como descendía a las profundidades del océano y "La Guerra de las Galaxias" estaba a punto de romper moldes. Ya no se trata de que visualmente no sea muy atractiva, sino que además es un coñazo intragable que cansa hasta las piedras. Está claro que ni le pusieron ganas a la hora de rodarla ni se tomaron en serio al personaje. Y eso es imperdonable.

Lo peor: La cara de pánfilo de Nicholas Hammond. Cuando sonríe, Dios mata a un gatito y provoca huracanes y tifones en el Caribe.

Lo puto peor: La música. Es tan asquerosamente pornográfica que el hecho de oírla ya hace que te quedes embarazado.

Lo peorcísimo: Todo lo demás. Esta película habría que echarla a la hoguera.



Espera un momento...



¡Ja! ¡Lo sabía!


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